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En este último apartado se debe reflejar la inversión inicial prevista, que consiste en delimitar todas las necesidades
para comenzar la actividad: terrenos, edificios, instalaciones, alquileres,
maquinaria, mobiliario, material de oficina, suministros, impuestos,
etc.
Una vez fijadas las necesidades, debéis analizar cómo se va a llevar a cabo su financiación, de qué recursos propios
disponéis (aportaciones dinerarias o en especie), y cuáles van a ser vuestras
fuentes ajenas: subvenciones, las Sociedades de Garantía Recíproca y Capital de Riesgo, préstamos bancarios, arrendamientos financieros...
A partir de este momento estaréis en condiciones de analizar la viabilidad del proyecto, puesto que cualquier idea,
por maravillosa que sea, debe traducirse en números que, aunque no
inicialmente, al menos sí una vez transcurrido un tiempo prudencial, permita
llegar a un equilibrio en el que los gastos queden compensados con los ingresos
y progresivamente puedan superarlos, generando beneficios.
Para ello, hay que elaborar un balance inicial y final que refleje las inversiones y los recursos propios y ajenos
necesarios al inicio y a los tres años de actividad, y una Cuenta de Resultados Previsional, que refleje los ingresos por las ventas y los
gastos o pagos que tenéis que afrontar para los próximos tres años.
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